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Mi padre. Cádiz, marzo de 2009.

Mi padre ante su ordenador.

Admiro a mi padre.


Su moral es y ha sido siempre intachable (aunque, debo admitir y aunque me pese, de naturaleza más conservadora que progresista).
 Su integridad ética y religiosa me impiden cuestionarle nada porque me sentiría argumentalmente desarmado ante la rotundidad de una vida, la suya, que ha sido ejemplar en los hechos y generosa en los actos.


Pese a todo (me refiero a su visión más conservadora que progresista), es fundamentalmente un hombre tolerante, cortés, educado y recto, respetuoso con el mundo que le ha tocado vivir .


Desde que se jubiló hace casi tres décadas ha sido una persona que se ha crecido y que no ha dejado de estar activo en todos los órdenes de la vida. Hace muchos años que, entre otras cosas, interviene decididamente en las labores de la casa (conforma un perfecto tándem con mi madre: los dos viven solos y de forma autosuficiente en la gran casa familiar). 


Por supuesto que, además de su implicación doméstica, es un perfeccionista nato al que le encanta tener todo minuciosamente arreglado y en funcionamiento óptimo. Experto en bricolaje, en mantenimiento e intendencia del hogar, tiene un cuarto de trabajo lleno de herramientas con las que arregla de todo. Siempre ha sido así, desde que tengo uso de razón.


Incluso durante muchos años (los de destino en el Sáhara) encontró tiempo para introducirse en la fotografía y montó su propio laboratorio en el que revelaba sus negativos y copias.


Por último, me resulta sorprendente que se haya introducido a su edad (este próximo verano cumplirá 91 años) en el mundo de la informática. No sólo maneja perfectamente la navegación por la red y la mensajería electrónica. También hace sus fotos y las retoca con Photoshop, monta presentaciones de Powerpoint (se ha hecho, entre otros, un extenso álbum de Cádiz y sus monumentos y uno muy detallado de la casa familiar) además de realizarse bases de datos con el Excel para su enorme colección de sellos y para su extensa videoteca. Hace un par de años se compró su cámara de vídeo digital y es capaz de montar las piezas que graba con un programa básico de edición de vídeo.


Como se pueden imaginar, para mí es todo un ejemplo.

Cádiz, casa familiar (marzo de 2009)

Mi madre. Cádiz, marzo de 2009.

Mi madre con los preparativos de una paella.

[texto sin acabar: versará sobre la idea de que mi madre, a diferencia de mi padre, no tiene ninguna relación con las nuevas tecnologías (¡pero hace unas paellas maravillosas!). También sobre el hecho de que, a sus 80 años, ya casi no puede ver y lleva gafas oscuras para sus cataratas. Y que su cocina es de una limpieza y orden casi clínicos. Por supuesto también sobre su rectitud moral y religiosa además de su labor profunda (¡y proverbial!) de entrega generosa, empática y tolerante para con todos nosotros: hijos, nietos y bisnietos. También hablaré del perfecto equipo que forma con mi padre, lo enganchados que están el uno y la otra y la autosuficiencia que ello les ha generado para vivir solos a su edad en una casa que mantienen impoluta y en perfectas condiciones]. 


Cádiz, casa familiar (marzo de 2009) 

Aprovecho para incluir un texto que acompañó a una foto de mis padres que les hice para este proyecto Escenarios en 2001, el día de su 53 aniversario de boda (y, por tanto, no está en esta actualización web). Pero considero que es necesario tenerlo presente. El texto decía:

Mi padres. 2001.

La foto de mis padres llegó por fin. Me había planteado hacerles su retrato desde hacía tiempo. Teniendo en cuenta el peso específico que tienen en mi vida, lo que significan, no podía esperar más a tenerlos en este diario.


De ellos no quiero decir nada, salvo los nuclear: son mi referencia de seguridad en la vida.
 

Me refiero a que su presencia ejemplar en mis 39 años de existencia me ha supuesto un permanente testimonio de serenidad, ternura, respeto, generosidad, amor, esfuerzo, equilibrio emocional…


¡39 Años y ni una sola decepción!


A eso me refiero.


A la permanente demostración modélica que comentaba antes.


La actitud que tienen entre ellos y la que nos proyectan a los seis hermanos/as no deja dudas.
Durante años, morosa y amorosamente, nos han inculcado principios de la mejor manera posible: con el ejemplo. Ni una sola falla, ni una sola quiebra en ellos. La capacidad de adaptación a los tiempos (mi padre es de 1918) y a nosotros/as ha sido, como he dicho antes, proverbial.


Tolerancia y empatía (ponerse en el lugar del otro) son dos máximas que han llevado brillantemente a cabo debido a su concepto seriamente cristiano de la conducta y el pensamiento. La generosidad y la caridad de espíritu (ambos son creyentes de una forma muy auténtica) unidos a su valor de entrega les han permitido esa contemporánea flexibilidad y adaptación hacia cada uno de nosotros/as, tan diferentes y con opciones de vida tan dispares…
 

Siempre pienso en el tremendo sentimiento de orfandad y desarraigo que experimentaré el día que me falten.
 

Desde luego lo han hecho muy bien. Sin duda.
 

Es curioso que esta foto se me ocurriera hacerla el día de su 53 aniversario de boda. Una vez la tuve hecha mi madre me lo dijo. Yo no me había acordado, como siempre. Ella llevaba pequeñas agujas de acupuntura en las orejas para tratarse no sé qué mal.
 

Cádiz, casa familiar, 2 de agosto de 2001

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